miércoles, 15 de abril de 2020

La Criba

Isaac Asimov





Habían transcurrido cinco años desde que el muro, cada vez más denso, del secreto comenzó a cerrarse en torno a los trabajos del doctor Aaron Rodman.

—Para su propia protección... —le habían advertido.

—En manos de personas sin escrúpulos —habían explicado.

Desde luego, en las manos adecuadas (las suyas, por ejemplo, pensaba el doctor Rodman bastante desesperado), el descubrimiento significaba a todas luces la mayor bendición para la salud humana desde que Pasteur elaboró la teoría de los gérmenes, y la clave más perfecta jamás encontrada para llegar a comprender el mecanismo de la vida.

Sin embargo, tras la conferencia que pronunció en la Academia de Medicina de Nueva York poco después de cumplir su cincuenta aniversario, y en el primer día del siglo XXI (la fecha parecía escogida a propósito), le habían impuesto la obligación de guardar silencio y ya no podía hablar, excepto con determinados funcionarios. Ciertamente, tampoco podía publicar nada.

Pero el Gobierno le mantenía. Disponía de todo el dinero que pudiera necesitar y las computadoras estaban a su disposición para hacer lo que le placiese con ellas. Sus trabajos progresaban rápidamente y los hombres del Gobierno acudían a recibir sus enseñanzas, a que les ayudara a comprender.

—Doctor Rodman —preguntaban—, ¿cómo se explica que un virus pueda propagarse de célula en célula dentro de un organismo y, sin embargo, no sea contagioso de un organismo a otro?

A Rodman le fatigaba tener que repetir una y otra vez que no conocía todas las respuestas. Le molestaba verse obligado a emplear el término «virus».

—No es un virus —decía—, ya que no se trata de una molécula de ácido nucleico. Es algo completamente distinto: una lipoproteína.

La cosa iba mejor cuando sus interlocutores no eran también profesionales de la medicina. Entonces podía intentar explicárselo en términos generales sin embarrancarse constantemente en cuestiones de detalle.

—Toda célula viva —decía en esos casos—, y cada una de las pequeñas estructuras contenidas en la célula, están rodeadas de una membrana. El funcionamiento de cada célula depende de qué moléculas pueden pasar a través de la membrana en uno y otro sentido y a qué ritmo pueden hacerlo. Una ligera alteración en la membrana modificará enormemente la naturaleza del flujo y, con ello, la naturaleza química de la célula y el carácter de su actividad.

—Todas las enfermedades pueden estar causadas por alteraciones en la actividad de la membrana. A través de tales alteraciones pueden lograrse todas las mutaciones. Cualquier técnica capaz de controlar las membranas permitirá controlar la vida. Las hormonas controlan el cuerpo en virtud de su efecto sobre las membranas, y mi lipoproteína viene a ser más bien una hormona artificial, no un virus. La lipoproteína se incorpora a la membrana y con ello induce la producción de más moléculas semejantes a ella misma... y aquí llegamos a la parte que tampoco yo comprendo.

- Pero las sutiles estructuras de las membranas no son siempre exactamente idénticas en todos sus aspectos. De hecho, difieren en todos los seres vivos; no coinciden exactamente en ningún par de organismos. Una lipoproteína nunca afectará del mismo modo a dos organismos individuales distintos. Lo que en un caso abrirá las células de un organismo a la glucosa, aliviando así los efectos de la diabetes, en otro caso cerrará las células de otro organismo a la lisina, con lo cual le causará la muerte.

Eso era lo que aparentemente les interesaba más; que se tratase de un veneno.

—Un veneno selectivo —decía Rodman—. De entrada, sería imposible determinar, sin detalladísimos estudios computarizados de la bioquímica de las membranas de un individuo concreto, los posibles efectos de una lipoproteína concreta sobre el mismo.

Con el tiempo, fue cerrándose el cerco a su alrededor, su libertad se vio cortada, aunque sin detrimento de su confort, en un mundo en el que en todas partes comenzaba a perderse la libertad y también el bienestar mientras una humanidad desesperada veía abrirse más y más las quijadas del infierno.

Corría el año 2005 y la población de la Tierra sumaba seis mil millones de habitantes. De no ser por las hambrunas, la cifra alcanzaría los siete mil millones. Mil millones de seres humanos habían muerto de hambre en la pasada generación, y muchos más correrían aún igual suerte.

Peter Affare, presidente de la Organización Mundial de la Alimentación, acudía con frecuencia al laboratorio de Rodman para jugar al ajedrez y charlar un poco. Había sido el primero en comprender la trascendencia de la conferencia de Rodman ante la Academia, decía, y eso le había ayudado a acceder al cargo de presidente. Rodman pensaba que el significado de su disertación no era difícil de comprender, pero nunca hacía ningún comentario sobre el particular.

Affare tenía diez años menos que Rodman, y sus cabellos comenzaban a perder su color rojo. Sonreía con frecuencia, a pesar de que el tema de la conversación raras veces ofrecía motivos para ello puesto que cualquier presidente de una organización encargada de la alimentación mundial debía hablar forzosamente del hambre que asolaba al mundo.

—Si distribuyéramos equitativamente las existencias de alimentos entre todos los habitantes del mundo, todos morirían de hambre —dijo Affare.

—Si se distribuyeran equitativamente —decía Rodman—, tal vez el hecho de hacer justicia por una vez en el mundo serviría de ejemplo y podría inducir a aplicar una política mundial sana. Tal como están las cosas, la desesperación y la furia ante la egoísta buena fortuna de unos pocos alcanzan proporciones mundiales, y todos actúan irracionalmente como venganza.

—Usted tampoco ha renunciado voluntariamente a su propio suplemento de alimentos —dijo Affare.

—Soy humano y egoísta, y mi acción particular poco significaría. No debería pedírseme que la cediera voluntariamente. No debería ofrecérseme ninguna posibilidad de opción en la materia.

—Usted es un romántico —dijo Affare—. ¿No comprende que la Tierra es una lancha salvavidas? Si distribuimos equitativamente las reservas de alimentos entre todos los hombres, moriremos todos. Si expulsamos a algunos del bote salvavidas, el resto sobrevivirá. El problema no es la muerte de algunos, pues tienen que morir; el problema es la supervivencia de unos cuantos.

—¿Propugnan ustedes oficialmente el «triaje», el sacrificio de unos cuantos por el bien de los demás?

—No podemos hacerlo. Las gentes que ocupan la lancha salvavidas están armadas. Varias regiones amenazan abiertamente con recurrir a las armas nucleares si no reciben más alimentos.

—¿Quiere decir que la respuesta a «Ustedes deben morir para que nosotros vivamos» es «Si nosotros morirnos, vosotros moriréis también»...? Una situación sin salida —comentó Rodman con sorna.

—No exactamente —dijo Affare—. Hay zonas de la Tierra donde no es posible salvar a la gente. Han sobrecargado irremisiblemente su territorio con hordas de famélica humanidad. Supongamos que se les envían alimentos, y supongamos que esos alimentos los matan, de modo que esa zona ya no requiera nuevas remesas.

Rodman sintió la primera punzada de incipiente comprensión.

—¿Los matan, cómo? —preguntó.

—Es posible averiguar las propiedades estructurales medias de las membranas celulares de una población determinada. Podría incorporarse a la remesa de alimentos una lipoproteína particularmente estudiada para hacer uso de esas propiedades, con lo cual la ingestión de esos alimentos tendría fatales consecuencias —dijo Affare.

—Inconcebible —dijo Rodman, pasmado.

—Piénselo bien. La gente no sufriría. Las membranas se irían cerrando lentamente y la persona afectada se dormiría para no volver a despertar; una muerte infinitamente preferible a la inanición que de otro modo será inevitable, o a la aniquilación nuclear. Tampoco morirían todos, pues cualquier población presenta variaciones en las propiedades de sus membranas. En el peor de los casos, fallecería un setenta por ciento de los habitantes. La criba se efectuaría precisamente en aquellos lugares con una superpoblación más grave y menores esperanzas de solución y sobreviviría un número suficiente de personas para asegurar la continuidad de cada nación, cada grupo étnico, cada cultura.

—Matar deliberadamente a miles de millones...

—No les mataríamos. Simplemente crearíamos las condiciones para la muerte de unas cuantas personas. El fallecimiento de unos individuos concretos dependería de la bioquímica particular de sus organismos. Sería obra del dedo de Dios.

—¿Y cuando el mundo descubra lo hechos?

—Cuando eso ocurra ya estaremos muertos —dijo Affare—, y para entonces, un mundo próspero con una población limitada nos agradecerá nuestra heroica acción al optar porque murieran algunos, con tal de evitar la muerte de todos.

El doctor Rodman sintió que le subía el rubor a la cara y tuvo dificultades para articular las palabras.

—La Tierra —dijo— es una lancha salvavidas muy grande y compleja. Todavía no sabemos qué puede o no puede lograrse con una distribución adecuada de los recursos y es evidente que hasta el día de hoy no nos hemos preocupado verdaderamente de distribuirlos. A diario se desperdician alimentos en muchos lugares de la Tierra y el saber que así ocurre es lo que enloquece a los hombres hambrientos.

—Estoy de acuerdo con usted —dijo fríamente Affare—, pero no podemos hacernos un mundo a nuestro gusto. Debemos tomarlo tal como es.

—Entonces tómeme a mí tal como soy. Usted quiere que proporcione las moléculas de lipoproteína, y no lo haré. No moveré ni un dedo en ese sentido.

—En ese caso —dijo Affare—, su responsabilidad como asesino de masas será mayor que la que me está atribuyendo a mí, y creo que si lo pensase mejor cambiaría de opinión.

Casi a diario recibía visitas de una u otra autoridad, todas ellas personas bien alimentadas. Rodman comenzó a desarrollar una gran susceptibilidad ante lo bien alimentados que estaban todos quienes hablaban de la necesidad de matar a los hambrientos.

El secretario nacional de Agricultura le dijo, en tono sugerente, en una de esas ocasiones:

—¿No sería usted partidario de matar a un rebaño de ganado afectado de fiebre aftosa o de ántrax con tal de evitar que la infección se propagase a los rebaños sanos?

—Los seres humanos no son ganado —dijo Rodman—, y el hambre no es contagiosa.

—¡Sí que lo es! —dijo el secretario—. De eso se trata precisamente. Si no hacemos una criba de las sobreabundantes masas de humanidad, su hambre se propagará a zonas hasta ahora no afectadas. No debe negarnos su ayuda.

—¿Cómo me obligarán? ¿Con torturas?

—No tocaríamos un solo cabello de su persona. Sus conocimientos en esta materia son demasiado preciosos para nosotros. Pero podríamos retirarle algunos bonos de alimentos.

—La inanición, sin duda, será perjudicial para mí.

—No se trata de usted. Pero si estamos dispuestos a matar a varios miles de millones de personas para salvar a la raza humana, desde luego también podremos emprender la acción mucho menos difícil de retirar los bonos de alimentos a su hija, y a su marido y su bebé.

Rodman guardó silencio, y el secretario prosiguió:

—Le concederemos un plazo para que reflexione. No deseamos actuar contra su familia, pero no tendremos más remedio que hacerlo. Tómese una semana para pensarlo. El próximo jueves recibirá la visita del comité en pleno. Entonces se le planteará la necesidad de comprometerse a colaborar en nuestro proyecto y no podrá haber más dilaciones.

Se redoblaron las medidas de seguridad y Rodman se convirtió franca y totalmente en un prisionero. 

Una semana más tarde se presentaron en su laboratorio los quince miembros del Consejo Mundial de Alimentación, acompañados del secretario nacional de Agricultura y de unos cuantos miembros de la Asamblea legislativa nacional. Tomaron asiento en torno a la larga mesa de la sala de conferencias del lujoso edificio de investigación construido con fondos públicos.

Estuvieron varias horas discutiendo y elaborando planes, incorporando a ellos las respuestas de Rodman a algunas cuestiones concretas. Nadie le preguntó si estaba dispuesto a cooperar; nadie parecía imaginar que pudiera tener otra opción. Por fin, Rodman dijo:

—Su proyecto no es viable en cualquier caso. Poco. después de llegar un cargamento de cereales a una determinada región del mundo, sus habitantes comenzarán a morir por centenares de millones. ¿Creen que los supervivientes no asociarán ambos hechos y que no correrán el riesgo de una represalia desesperada con bombas nucleares?

Affare, que estaba sentado justo frente a Rodman, en el otro extremo del eje menor de la mesa, dijo:

—Somos conscientes de esa posibilidad. ¿Cree que después de pasar años decidiendo un posible curso de acción no hemos tenido en cuenta la posible reacción de las regiones escogidas para la criba?

—¿Cree que les estarán agradecidas? —preguntó Rodman con amargura.

—No sabrán que han sido escogidas. No todos los cargamentos de cereales estarán contaminados con lipoproteína. No concentraremos la acción en ninguna zona particular y procuraremos contaminar de vez en cuando algunos depósitos de cereales de cultivo local. Además, no todos morirán, sino sólo unos pocos cada vez. Algunos comerán muchos cereales y no les pasará nada, y otros comerán sólo una pequeña cantidad y sufrirán una muerte rápida, según sean sus membranas. Parecerá una epidemia, como una reaparición de la peste negra.

—¿Han pensado en los efectos de una nueva peste negra? ¿Han pensado en el pánico? —preguntó Rodman.

—No les vendrá mal —gruñó el secretario desde un extremo de la mesa—. Tal vez así aprendan la lección.

—Anunciaremos el descubrimiento de una antitoxina —dijo Affare, y se encogió de hombros—. Realizaremos inoculaciones masivas en regiones que sabremos que no se verán afectadas. Doctor Rodman, el mundo está desesperadamente enfermo, y debemos aplicar un remedio desesperado. La humanidad está al borde de una muerte horrible, de modo que, por favor, no discuta el único curso de acción capaz de salvarla.

—De eso se trata. ¿Es ése el único curso posible de acción o están escogiendo simplemente una salida fácil que no exija sacrificios por su parte, sino sólo el de miles de millones de otras personas?
Rodman se interrumpió en el momento en que entraba un carrito cargado de comida.

—He mandado preparar un tentempié —murmuró—. ¿Podemos disfrutar de unos minutos de tregua mientras comemos?

Alargó la mano para coger un emparedado y luego, unos momentos más tarde, comentó entre sorbo y sorbo de café:

—Al menos, habremos comido bien, mientras preparamos el mayor genocidio de la historia.
Affare examinó críticamente su propio emparedado a medio comer.

—Esto no es comer bien. Ensalada de huevo con pan blanco no exactamente tierno no es comer bien, yo que usted no volvería a solicitar los servicios de la cafetería que ha preparado esto. —Suspiró—. En fin, en un mundo famélico no pueden desperdiciarse los alimentos —y se comió el resto del emparedado.

Rodman observó a los demás y luego cogió el último canapé que quedaba en la bandeja.

—Había pensado que tal vez el tema que estamos discutiendo les habría hecho perder el apetito —dijo—, pero veo que a nadie le ha ocurrido así. Todos han comido.

—Y también usted —dijo impaciente Affare—. Todavía está comiendo.

—Sí, así es —dijo Rodman, y siguió masticando lentamente—. Y les pido que me excusen si el pan no estaba demasiado tierno. Yo mismo preparé los emparedados anoche y ya llevan quince horas hechos.

—¿Usted mismo los preparó? —dijo Affare.

—Tuve que hacerlo; era la única manera de estar seguro de haber incorporado a ellos la lipoproteína adecuada.

—¿Qué está diciendo?

—Caballeros, ustedes dicen que es necesario matar a unos cuantos para salvar a los demás. Tal vez tengan razón. Me han convencido. Pero para saber exactamente qué estamos haciendo tal vez sea conveniente experimentarlo en nuestra propia carne. He iniciado un pequeño «triaje» particular, y los emparedados que todos ustedes acaban de comer constituyen un experimento en ese sentido.

Algunos altos funcionarios habían comenzado a levantarse.

—¿Nos ha envenenado? —balbuceó el secretario.

—No de manera muy efectiva —respondió Rodman—. Por desgracia, no conozco a fondo sus respectivas bioquímicas, de modo que no puedo garantizar la tasa de mortalidad de un setenta por ciento que ustedes desearían.

Todos le miraban petrificados de terror; los párpados del doctor Rodman se cerraron.

—Aun así, es probable que dos o tres de ustedes mueran en el curso de la próxima semana poco más o menos, y no tienen más que esperar para saber a quién le tocará esa suerte. No existe posible cura ni antídoto, pero no se preocupen. La muerte es totalmente indolora, y será obra del dedo de Dios, como me decía uno de ustedes. Será una buena lección, como ha dicho otro. Tal vez los que sobrevivan cambien de opinión con respecto al «triaje».

—Sólo pretende asustarnos —dijo Affare—. Usted también ha comido esos emparedados.

—Lo sé —dijo Rodman—. Y la lipoproteína estaba adaptada a mi propia bioquímica, de modo que mi muerte será rápida. —Sus ojos se cerraron—. Tendrán que continuar los trabajos sin mí, quienes sobrevivan.